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miércoles, 15 de abril de 2015

Flamenco y toreo: fragmento de "Los reconocimientos", de William Gaddis

En alguno momento, cuando la termine, escribiré algo sobre la genial novela de Gaddis. Por ahora, porque me ha dejado muy contento la descripción sobre el flamenco que hace uno de sus personajes, transcribo un fragmento, unido a un poema de Miguel Hernández cantado por el El niño de Elche:
"De eso se trata, esa arrogancia, esa misma arrogancia del sufrimiento en la música flamenca, escucha. Es su fuerza lo que resulta tan arrollador, la suficiencia que es tan delicada y tierna sin un instante de sentimentalismo. Con infinita compasión pero rechazando la compasión, es una precisión del sufrimiento -siguió, agitando bruscamente la mano en el aire como para plasmarlo allí-, la tremenda tensión de la violencia totalmente encerrada en un marco... en un molde lo que no pretende tener otro nivel que el suyo, ¿entiendes lo que quiero decir? Es la intimidad, el exquisito sentido de la intimidad que tiene, es el sentido de la intimidad que la mayor parte de las expresiones populares de sufrimiento no tiene, no se atreve a tener, eso es lo que la hace arrogante. Eso es lo que el sentimentalismo invade y corrompe, eso es lo que hemos perdido en todas partes, sobre todo aquí, donde asaltan de todas las formas posibles tus sentimientos y tu intimidad. Estas cosas, el sufrimiento y la violencia, tienen su propio modelo, y eso es... el sentido de la violencia dentro de sus propio modelo, el modelo que corresponde a la violencia, como en el toreo, por eso el toreo es un arte, porque respeta su propio modelo" 


miércoles, 15 de febrero de 2012

Toreo

La Santamaría, 23 de enero 2012. Daniel Luque al fondo

Hay cosas de las que no se puede hablar, tampoco escribir. No se puede hablar ni escribir de lo que siente un boxeador en medio del cuadrilátero; tampoco de la sensación de permanente huida de un ciclista; tampoco de la emoción en medio de una gallera, y tampoco de la emoción al ver el espectáculo de la fiesta brava (aunque lo que menos me gusta sea justamente ese ambiente fiestero: que el público pida “música, música”, o que que grite “que viva Colombia”).
Sencillamente el fragmento de un relato sobre el toreo a propósito de la Temporada en Bogotá:

"Al igual que las riñas de gallos, también la tauromaquia le generaba profundas emociones; sentía que en ellas se veía al ser humano reconociéndose como animal, pero un animal con capacidad de ordenar el mundo, de  volverlo artificio, de hacer arte con él; para él se trataba de algo mucho más complejo que el “asesinato” de un animal; creía que quienes se iban lanza en ristre en contra de la tauromaquia no habían podido nunca explicar el profundo amor, adoración, obsesión, que los toreros y los ganaderos sentían hacia los toros, una parecida a la de los galleros frente a sus gallos y que, por supuesto, no era solamente un asunto económico. Lo que más le atraía de las corridas era ver los coqueteos del torero, ver cómo para toro y torero desaparecía el resto del mundo, cómo se comunicaban entre ellos a través de miradas, de pequeñas señales que sólo ellos, no el público, ni los expertos, ni los escritores, ni los periodistas, lograban entender. Odiaba las justificaciones racionales, humanitarias, que no hacía más que juzgar todo lo que no fuera políticamente correcto, lo que no fuera producto del consenso, lo que no estuviera en las constituciones, en las leyes, en las reglas de las sociedades; frente a ellas prefería las maneras como siempre se habían hecho las cosas, la tradición, el arte quizás. Por eso odiaba las retahílas democráticas sobre lo inhumano que era matar a un toro. Para él, seguía siendo el mejor espejo, junto con los gallos, para los humanos; toda una tragedia, solía decir; y no una tragedia cualquiera, no una obra de teatro, no una ópera: en los toros, el amor entre los dos que se miran fijamente a los ojos como si no existiera nada más en el mundo, la indiferencia del torero cuando después del coqueteo da la espalda y se aleja, el péndulo entre la traición y el amor, la traición final del torero al sacar una espada brillante que el toro ya ni siquiera entiende porque siempre ha sentido que es a él a quien aplauden y el torero el que huye, todo ello, como en ninguna otra tragedia, culmina, necesariamente, en la vida y en la muerte; y si en caso de un indulto no ocurre de esa manera, no hay un solo minuto en el que toro, torero y espectadores hayan dejado de pensar en ello; su amor por el toreo no necesitaba de más justificaciones que esa".

martes, 5 de abril de 2011

Sobre la honestidad... y sobre el toreo

Últimamente ando pensando mucho en la honestidad, en la honestidad que le hace falta al mundo, a las personas, a la academia, a la política, a la música... al mundo en general. Pero ando pensando también en los muchos lugares banales que, aunque llenos de honestidad, de belleza, de pasión, de emoción, solemos ignorar por considerarlos poco serios, poco interesantes, poco reflexivos; y es que justamente ahí está su honestidad: en una emotividad casi imposible de escribir, casi imposible de contar, imposible de reducir a los 140 caracteres del twitter o a los discursos académicos que intentan "civilizarlos". El viernes, a propósito de mis 30 años, y quizás por un exceso de literatura, decidí celebrar ese tipo de honestidad, no la mía por supuesto, ni siquiera la de los 5 invitados, sino más bien la posibilidad de la honestidad; tres hombres, dos mujeres, que de muy diversas maneras, representan la posibilidad de "vivir el mundo sin bostezar": desde la enfermedad, desde el alcoholismo, desde la literatura, desde el tango, desde la salsa, desde el rock, desde la vida privada. Vivir sin bostezar, como lo hacen los boxeadores, como lo hacen los ciclistas, como lo hacen los nadadores profesionales, como lo hacen los toreros. Qué más honesto que un par de piernas inflamadas pedaleando a 70 km/h en una carretera deshabitada, qué más honesto que la disposición a morir del torero Manuel Díaz que se refiere a la muerte como un "gaje del oficio", qué más honesto que el novio de mi amiga arrodillado en las gradas del Estadio El Campín llorando por un gol de Millonarios.

En busca de esa honestidad, ajena a los artificios, a tanta reflexión, a tanta parafernalia, me he venido acercando a los deportes, sobre todo a los que tienen que ver con la violencia (aunque: ¿qué deporte no tiene ver, de una u otra forma, con la violencia?). Y a propósito compré "Toreo de sillón" de Antonio Caballero. Voy a dedicar algunas entradas a citas suyas, y quiero comenzar con la más bonita de las que he encontrado hasta ahora:


"José Tomás no torea, digo, sino que deja que el toreo se haga a través de él, del mismo modo que el arquero zen no apunta ni dispara su arco ni se esfuerza por dar en el blanco. Simplemente da en el blanco. Pues no hay arquero, ni blanco, ni vuelo de la flecha: todo eso es lo mismo, porque no es nada. Y por eso el arquero zen no es bueno, ni malo: es infalible"