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lunes, 24 de febrero de 2014

Cuatro pistas de una "Comunidad Bolaño"

Primera pista
La primera pista la encontré en un bar-librería del Centro Comercial Nutabes en el centro de Bogotá. Cuando tengo tiempo y ánimo, particularmente los viernes en las tardes y después de haber caminado un buen rato, termino la jornada allí: pido un par de cervezas, reviso algunos libros, compro alguno si el dinero me alcanza, si es posible leo un rato y cruzo algunas palabras con Jorgito, el dueño del lugar. Es una tienda animada y tranquila al mismo tiempo, es decir: es una tienda animada por viejos. Algunos están solos, otros charlan en voz baja, otros juegan ajedrez, siempre suenan boleros y a veces uno se encuentra a gente conocida. Los viernes funciona así hasta las cinco y media o seis de la tarde, después de esa hora, repentinamente, los boleros desaparecen para dar paso a la salsa, el bar desplaza a la librería y, al menos de que uno vaya con otro ánimo, hay que ahuecar el ala.


Hace un mes comencé a releer Los detectives salvajes. La motivación esta vez era técnica, me interesaba fijarme en la artesanía de la novela: la biografía como modelo básico, la contención como técnica archiconocida (es decir: cuanto más cosas queden sin decir, más crecerá la grandeza de la imagen), la ausencia de descripciones, las acciones como eje central (sus personajes hacen y hacen cosas sin parar, nunca se cansan) y, por último y más importante, los juegos, es decir, la inclusión de pequeñísimos misterios que van poblando la novela y que crean esa atmósfera de movimiento en medio del final de algo (http://www.revistadelibros.com/ventanas/sobre-antiheroes-y-tumbaso-por-que-bolano-es-grande). Este interés técnico apareció en las vacaciones pasadas pensando en que, si algún día decidiera dedicarme de lleno a la literatura, buscaría escribir una suerte de combinación entre Sergio Pitol y Roberto Bolaño, es decir, entre historias abismales que creen su propio mundo, un mundo usualmente desesperanzado y poblado por el mal, a lo Bolaño, e historias impecablemente construidas, técnicamente redondas, formas que graviten entre el ensayo y la narrativa, a lo Pitol.

La tarde del primer encuentro, de la primera pista, yo llevaba entonces el libro de Bolaño esperando poder sentarme a leer un poco en el café de Jorgito. Cuando me acerqué a saludarlo, él, como buen librero, antes de saludarme puso el ojo en la portada del libro que yo acababa de colocar sobre la barra y dijo ¡Ja!, lo sabía, yo les dije que era Bolaño, no Bolaños, porque Bolaños es el de El Chavo, ¿no? Yo me reí y me contó que en efecto acababa de tener una controversia con dos amigos que aseguraban que el escritor era Bolaños, con s, mientras que Jorgito sostenía la idea contraria. Jorge no tiene libros del chileno en sus estanterías. Seguramente nunca lo ha leído. Por supuesto sus contertulios tampoco lo han hecho pero, y ahí la gracia, ahí la pista, estaban dispuestos a debatir sobre su apellido.

Luego de charlar un par de minutos le pedí a Pedro una cerveza y me senté alegre porque la fama de Bolaño siguiera creciendo.

Segunda pista
Esa tarde me tomé dos cervezas como si fueran agua (estaba muerto de sed), luego pedí un tinto y una empanada y esperé a que A llegara luego de salir del trabajo. Mientras tanto me entretuve revisando las estanterías y ojeando un par de libros: uno de Steinbeck (no logro recordar cuál) y uno dedicado al estudio de la naturaleza, tipos y cronologías de los samuráis. Decidí comprar a los japoneses y no al norteamericano. A la hora de estar allí llegaron A y B. Una hora después lo hicieron R y S (aunque parezca premeditado, las letras son las iniciales reales y el orden de llegada el efectivamente ocurrido esa noche). Todos eran paisas menos yo. Ya para entonces el bar era sólo bar, es decir, había dejado de ser librería, y sólo sonaba salsa, es decir, ya no había boleros. No había mesas desocupadas. En una de las mesas de nuestro lado había tres estudiantes, dos mujeres y un hombre, con algunos libros sobre la mesa. No alcancé a ver los títulos pero se veían viejos. Sobre la nuestra había quedado solamente Tirano Banderas, la novela de Valle Inclán que había comprado por ocho mil pesos en la librería del FCE y, por supuesto, Los detectives salvajes. Uno de los jóvenes miró nuestros libros y se los señaló a sus amigos. ¡Huf!, les dijo contento, ese libro rojo es Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, una chimba de libro, yo lo he leído ya dos veces. Ellos le respondieron que todavía no lo habían leído y una de las jóvenes agregó que ella tampoco pero que ya lo había comprado. El joven y yo cruzamos miradas y sonreímos sin decir nada.

Era la tercera  vez ese día que Bolaño salía a la luz pública en el mismo lugar: en la discusión sobre su apellido, en la confirmación que Jorgito tuvo viendo el libro que yo llevaba, y en los jóvenes estudiantes comentando el libro sobre nuestra mesa. El libro, pensé, era una especie de talismán, un fetiche extraño detrás del cual hay algo que todavía nos esforzamos por entender.

Al salir del bar me quedé entonces con la sensación de que una especie de Aire Bolaño había soplado esa noche.

Tercera pista
Fue también una tarde de viernes. Esta vez apenas había comenzado a caminar y como siempre hice una pausa en La Romana, el restaurante en la carrera séptima frente a la Plaza de las Nieves. Como siempre pedí un café y una botella de agua con gas. Continuaba con la relectura de Los detectives. Llevaba cerca de media hora leyendo cuando entró un grupo de ocho jóvenes que al parecer estaban en primer semestre de una licenciatura que no alcancé a adivinar, pero que supuse relacionada con las ciencias naturales. Todos pidieron postres, jugos naturales y una de ellas un café. Sólo había dos hombres, el resto eran mujeres. Se tomaban fotos con sus celulares, le tomaban fotos a los platos, hablaban de las clases, se reían mucho. Yo intentaba concentrarme en la lectura aunque lo que en realidad hacía era escuchar sus conversaciones.

De repente una de las niñas miró hacia mi mesa y les dijo a sus amigos que el libro que yo tenía era buenísimo, que se llamaba Los detectives salvajes y que lo había leído en las vacaciones. Una de sus amigas le preguntó qué otros libros conocidos tenía el autor y ella le respondió que no sabía, que sólo conocía ese, pero que con ese valía la pena. Yo escuché sin mirar aunque sonreí escondido detrás del libro. Ellos siguieron hablando de sus clases y de sus vidas. Puedo asegurar que no se trataba de estudiantes de literatura. Hablaban de números y de fórmulas. No se trataba de jóvenes parecidos ni a Belano ni a Lima. A pesar de ello, conocían la novela y, según había dicho ella, le había gustado mucho.

Cuando salí del lugar, quedé con la impresión de la existencia ya no de un Aire Bolaño sino, más aún, de una comunidad Bolaño. Está caracterizada, pensé, por algo fundamental: se trata de una agrupación involuntaria de cuya existencia no saben sus integrantes. Jorgito no iría a La Romana, los estudiantes tampoco irían a la tienda de Jorgito. Quienes estamos fuera podemos verla, o al menos presentirla, pero sus integrantes no, ellos siguen leyendo la novela sin saber que hay varios haciendo exactamente lo mismo a pocos metros. Por supuesto yo no hago parte de ella. Quizá es porque ya estoy demasiado viejo.

Cuarta pista

El último encuentro fue el viernes pasado. También en la tarde. Había salido de La Romana y caminaba hacia el San Moritz, el tradicional café en la dieciséis entre séptima y octava. Conozco a los propietarios del lugar así que puedo sentarme a tomar y a leer tranquilamente. Pero el encuentro tuvo lugar antes de llegar al café. Fue simple, corto y conmovedor como los otros. Justo en la séptima con diecinueve una joven me entregó un papel con publicidad del candidato presidencial Jorge Enrique Robledo. Aunque decidí alejarme de la actividad política desde hace un par de años (incluidas las elecciones), para esta ocasión he querido acercarme un poco más así que recibí con interés el papelito. En una mano llevaba la sombrilla y en otra el libro de Bolaño. Recibí el papel con la mano en la que llevaba el libro. La facilidad para reconocer la portada es inaudita. La joven lo habrá visto por un segundo y sin duda no tuvo necesidad de leer el título para reconocer que se trataba de Los detectives salvajes. ¡Ah!, me dijo cuando ya tuve el papel en mis manos, Los detectives salvajes. Todavía no terminaba de acostumbrarme a las consecuencias de cargar con el libro a simple vista así que, como si no supiera de qué me hablaba, estúpidamente leí el título del libro, sonreí y mientras me alejaba despacio le dije que sí. Emocionada me respondió que era buenísima, nada más, sólo dijo que era buenísima. Yo le dijo que sí, nada más, le dije que sí como si no fuera necesario decir nada más, como si se tratara de una clave cuya mención garantizara algo, no sé bien qué. Le dije que sí y me alejé leyendo la publicidad del candidato al Congreso y pensando en el poder mágico del libro.

Final

Yo ya no estoy para comunidades. De hecho, después de cada encuentro buscaba darle vuelta al libro para garantizar que la portada no se viera. Ya no estoy para comunidades, pero sin duda me alegra que Los detectives salvajes, una novela que sobre todo enseña que la literatura es una aventura, esté cultivando una comunidad de jóvenes lectores que, aunque no se conozcan entre sí, garantiza que Bolaño siga entre nosotros.

jueves, 12 de diciembre de 2013

"Dos poemas para Lautaro" Roberto Bolaño

Dos poemas de Roberto Bolaño para su hijo Lautaro. Se queda uno sin palabras:

Lee a los viejos poetas
Lee a los viejos poetas, hijo mío
y no te arrepentirás
Entre las telarañas y las maderas podridas
de barcos varados en el Purgatorio
allí están ellos
¡cantando!
¡ridículos y heroicos!
Los viejos poetas
Palpitantes en sus ofrendas
Nómades abiertos en canal y ofrecidos
a la Nada
(pero ellos no viven en la Nada
sino en los Sueños)
Lee a los viejos poetas
y cuida sus libros
Es uno de los pocos consejos
que te puede dar tu padre

Biblioteca
Libros que compro
Entre las extrañas lluvias
Y el calor
De 1992
Y que ya he leído
O que nunca leeré
Libros para que lea mí hijo
La biblioteca de Lautaro
Que deberá resistir
Otras lluvias
Y otros calores infernales
-Así pues, la consigna es ésta:
Resistid queridos libritos
Atravesad los días como caballeros medievales
Y cuidad de mi hijo
En los años venideros

miércoles, 16 de octubre de 2013

La velocidad de la luz. Javier Cercas. 2005

La novela de Cercas deja ver dos picos de un inmenso iceberg que se mantiene oculto: el primer pico, el más visible pero menos importante, es la guerra de Vietnam y particularmente la experiencia velada de Rodney, un veterano antiguo integrante de la famosa Tiger force. El segundo, es la experiencia del escritor encargado de escribir la historia del veterano gracias a la amistad que mantiene con él en la ciudad de Urbana siendo profesores universitarios. Conviven entonces dos registros en la novela: el de la guerra y el de la labor literaria. El primero es el de Rodney y el segundo el del narrador escritor. Termina perviviendo el segundo, la lucha de un escritor por escribir sobre la guerra. La pregunta que pervive a lo largo del relato es entonces la siguiente: ¿Es posible escribir sobre el horror?, ¿es posible siquiera entenderlo?

El inmenso iceberg que se esconde debajo es el de lo inenarrable, el iceberg de lo que no puede ser contado, ni escrito ni nombrado, es decir, el iceberg de la Verdad. Dice Rodney cuando recién ha comenzado a tejerse la relación con el escritor: "La verdad es siempre absurda. Las cosas que tienen sentido no son verdad". Y ya desde entonces se plantea la sin salida entre las dos realidades, la imposibilidad de entender y contar lo vivido por Rodney en Vietnam. ¿Y es que acaso la labor de la literatura, de las palabras en general, de la especie humana, no es otra que ordenar, comprender, explicar y, en último término, huir de la incertidumbre? ¿Qué le queda entonces a la literatura cuando se parte de que la esencia de la Verdad es su absurdidad, su ausencia de sentido? La lucha del narrador que busca contar la historia termina entonces reducida al iceberg que vemos en la superficie, a la lucha misma por escribir: el narrador cuenta la historia en efecto, cuenta la experiencia del veterano en My Khe, cuenta su dolor, cuenta su ensimismamiento, cuenta su transformación en medio del Horror, pero lentamente algo va quedando sepultado bajo la superficie, algo que, sospechamos, es lo más parecido a la Verdad.

Una de las cartas escritas por Rodney a su padre después de ocurrido en My Khe deja ver una pequeña luz (aunque luz no en realidad la palabra indicada) de esa Verdad. La transcribo casi completa:

"Ahora conozco la verdad de la guerra. La verdad de esta guerra y de cualquier otra guerra, la verdad de todas las guerras... Todo el mundo conoce aquí esa verdad, sólo que nadie tiene el valor de admitirla. Todos mienten. Yo también. Quiero decir que yo también mentía hasta que he dejado de hacerlo, hasta que me he asqueado de mentir, hasta que la mentira me ha asqueado más que la muerte: la mentira es sucia, la muerte es limpia. Y ésa es precisamente la verdad que todo el mundo aquí conoce (que conoce cualquiera que haya estado en una guerra) y nadie quiere admitir. Que todo ésto es hermoso: que la guerra es hermosa, que el combate es hermoso, que es hermosa la muerte. No me refiero a la belleza de la luna elevándose como una moneda plateada en la noche sofocante de los arrozales, ni a las cintas de sangre que dibujan en la oscuridad las balas trazadoras, ni al instante milagroso del silencio que algunos atardeceres abren en el bullicio sin pausa de la jungla, ni a esos momentos extremos en que uno parece anularse y con él se anulan su miedo y su angustia y su soledad y su vergüenza y se funden con la vergüenza y la soledad y la angustia y el miedo de quienes están a su lado, y entonces la identidad gozosamente se evapora y uno ya no es nadie. No, no es sólo eso. Es sobre todo la alegría de matar, no sólo porque mientras son los otros los que mueren uno sigue vivo, sino también porque no hay placer comparable al placer de matar, no hay sensación comparable a la sensación portentosa de matar, de arrebatarle todo lo que tiene y es a otro ser humano absolutamente idéntico a uno mismo, uno siente entonces algo que ni siquiera podía imaginar que es posible sentir, una sensación semejante a la que debimos sentir al nacer y hemos olvidado, o a la que sintió Dios al crearnos o a la que debe sentirse pariendo, sí, eso es exactamente lo que uno siente cuando mata, ¿no, papá?, la sensación que uno está haciendo algo por fin importante, algo verdaderamente esencial, algo para lo que había venido preparándose sin saberlo durante toda la vida y que, de no haber podido hacerlo, le hubiera convertido sin remedio en un desecho, en un hombre sin verdad, sin cohesión y sin sustancia, porque matar es tan hermoso que nos completa, le obliga a uno a llegar a zonas de sí mismo que ni siquiera atisbaba, es como estar descubriéndose... La guerra permite ir muy lejos y muy deprisa, más lejos y más deprisa todavía, más deprisa, más deprisa, más deprisa, hay momentos en que de repente todo se acelera y una fulguración, un vértigo y una pérdida, la certeza devastadora de que si consiguiéramos viajar más deprisa que la luz veríamos el futuro. Eso es lo que he descubierto... Pero lo que me asquea no es que eso sea verdad, sino que nadie diga la verdad, y estoy a punto de preguntarme por qué nadie lo hace y se me ocurre algo que nunca se me había ocurrido, y es que quizás nadie lo diga no por cobardía, sino simplemente porque suena falso o absurdo o monstruoso... porque las cosas que tienen sentido no son verdad. Son sólo verdades cortadas, espejismos: la verdad es siempre absurda".

Y por eso Rodney no escribe a pesar de ser un lector voraz, porque sabe que de eso no se puede escribir. Por eso todos los soldados de la Tiger force hicieron un pacto de silencio frente a todo lo ocurrido en Vietnam. Decidieron callarlo no por proteger a la patria. Decidieron guardar silencio no para protegerse a ellos mismos. Decidieron hacerlo porque sabían que la Verdad quema y que quizás sea mejor mantenerla oculta o, mejor, porque la Verdad no existe para ser conocida.

El narrador escribe la historia porque es una deuda con su amigo, pero ninguna duda queda de que lo realmente importante se mantiene sumergido debajo del agua helada. La sensación final no es otra que el fracaso de la literatura frente a lo que existe para no ser contado. Becket decía: Nombrar, no, nada es nombrable, decir, no, nada es decible, entonces qué, no sé, no tenía que haber comenzado.