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sábado, 14 de junio de 2014

Un borracho y tres poemitas infrarrealistas

Si el infrarrealismo existía antes de "Los detectives salvajes", la novela se encargó de convertirlo en una ficción. O mejor: primero el infrarrealismo fue real, luego se convirtió en una ficción, luego se hizo una ficción realizada y ahora va y vuelve de un lado a otro, como un borracho que para seguir caminando necesita apoyarse en dos paredes, primero en una y luego en otra y luego en la primera y luego en la segunda nuevamente. Algo así es el infrarrealismo ahora. De lo que sí estoy seguro, es de que el infrarrealismo es sumamente divertido. Tiene cosas buenas y cosas malas y cosas muy buenas y cosas realmente malas. Pero eso sí: siempre es divertido. Y como le decía a un amigo hace unos días: la poesía debe estar en el mismo lugar en donde uno se emborracha. Los infrarrealistas lo tienen claro.

Justamente por ser como un borracho que da tumbos por la calle, el movimiento mexicano ha dado de todo. Cuando toca la pared de la tristeza, el borracho eructa y nos da instrucciones para después de afeitarnos:

"Agarrar una cuchilla
y cortarse las venas
de tal modo que sea imposible
detener el flujo;
ensartar la cuchilla
en el estómago
con tal fuerza
tomar impulso
con las manos
y sin pensar
de golpe
meter la cuchilla
en el estómago"


Cuando el borracho toca otra de las paredes que lo rodean, la de la valentía, se detiene, alcanza el equilibrio -aunque sin dejar de balancearse-, se alisa un poco la camisa, se acomoda la corbata, se yergue y grita:

"Afuera de mi casa se están matando
escucho el tracatracatraca con eco
y yo estoy escribiendo Poemas
mi mujer grita ¡Por Dios, deja éso!
¡Se esta matando afuera de casa
los narcos contra los narcos
o sabe Dios qué pasa!
¡Maldita sea, deja esa computadora!
yo estoy escribiendo Poemas
Mi mujer a Nine Rain en la casetera
Escucho el tracatraca y a Nine Rain
México woke up, Terrorists attack
los narcos se están matando
y yo escribo Poemas
escribo sobre una flor
                                                    movida por el viento
                                                    entonces tocan a la puerta


                                                    abro y veo un tipo calvo
                                                    con un arma corta entre las manos
                                                    mi mujer corre a esconderse
                                                    el narco parece un niño con un arma
                                                    de juguete
                                                    no lo puedo creer
                                                    estoy escribiendo Poemas
                                                    y un narco me apunta con un arma corta
                                                    parece un juego de niños
                                                    el hombre apunta a la mesa y dispara varios
                                                    tiros tracatracatraca rompiendo platos y la
                                                    mesa de madera
                                                    hace volar pedazos de astillas un hoyo
                                                    en la madera, tengo miedo
                                                    no controlo mi temblor de miedo
                                                    yo estoy escribiendo Poemas
                                                    tracatracatraca
                                                    un narco imbécil interrumpe la escritura
                                                    y puede matarme"

El pobre borracho apenas puede mantenerse en pie así que decide dejar de tocar paredes y mejor echarse en el asfalto mojado, el asfalto de la sofisticación. Se sienta, y antes de quedarse dormido, el pobre dice algo que nadie escucha:

"Una mujer
de apenas
veintitrés años
salía de un cine
barato
en la ciudad
de los palacios
y caminaba
bajo la lluvia
nocturna
del último viernes
de agosto.
Tenía prisa
por atravesar
la ciudad y llegar
a su destino.
Parecía que
buscaba
el mar.
A esa misma hora
en Manhattan
Miles Davis y Juliette Greco
entraban por el lobby
del Waldorf-Astoria
en la avenida Park
llamando la atención
de todos los presentes,
sorprendidos de ver a un Negro
que no era un sirviente
en el hotel
mirando
hacia el otro lado
del mundo;
en otra ciudad
igualmente
tendida al mar atlántico
un joven delgado
y alto como un edificio
caminaba
por la Avenida 9 de julio
y pensaba
en escribir una novela
que se leyera
hacia atrás & adelante
igual como recorren
las ciudades
los niños
y los vagabundos;
en un café de Bucareli
Fidel sostenía su primera
conversación con el Che,
y tuvo la certeza
momentánea
de que la realidad
se repetía dos veces
pero que a él
no le tocaría
la parte
de la tragedia;
en un apartamentito
en San Francisco
el ciudadano K. llevaba
76 horas escribiendo
sin parar
y apenas tomaba un par
de minutos para abrir
otra botella de mezcal
y llenar el vasito
de plástico;
en una casa de seguridad
en Johanesburgo,
un grupo de sombras
llegaba a la conclusión
que no era factible
la teoría de un
un partido único;
En la ciudad de México
la mujer que había
salido del cine
llegaba,
empapada por la lluvia,
a un sanatorio en la calle
Gabriel Mancera.
Esa mujer sería mi madre
dos horas después"

lunes, 9 de junio de 2014

Reflexiones sobre las fronteras en el mundo contemporáneo. A propósito de "La jaula de oro", de Diego Quemada-Díez (2013)

Primera: La frontera como nicho narrativo

Quería hablar de lo que más me gustó de la ópera prima de Diego Quemada-Díez  pero no fue sencillo. Antes de La jaula de oro, Quemada había trabajado como operador de cámara de Oliver Stone, Ken Loach y Alejandro González Iñárritu, así que la fotografía de esta película es impecable. Es también una película contenida, nada efectista ni melodramática, más aún siendo que se mueve en un campo tan fértil para ello como las historias de migrantes en el paso de México a Estados Unidos. En eso, en la forma de contar, Quemada hace un trabajo que a mí me dejó bastante conmovido. Pero la película es mucho más que una muy buena narración. De hecho, y es de lo que quiero hablar aquí, la película me ha hecho pensar en las fronteras y, particularmente, en la frontera entre México y Estados Unidos a partir de tres asuntos particulares: primero, el papel de las fronteras en el mundo contemporáneo y, sobre todo, su papel como espacios para la narración cada vez más privilegiados; segundo, el papel de las palabras en medio de las historias de frontera (particularmente en la historia contada por Quemada-Díez); tercero, las fronteras como especies de bolas de cristal o de caleidoscopios hechos de arena, luz y agua en los que podemos ver un futuro distópico.


Dicho lo anterior, esta entrada estará dedicada al primero de los asuntos. La segunda al segundo y la tercera al tercero.

Las historias de las fronteras

Quiero empezar con tres imágenes de la frontera en la película. La primera es clásica: los rieles de un tren en medio del desierto.


La segunda también es clásica: la mano de un latinoamericano que agarra una reja detrás de la cual alcanza a verse, tan borrosa como anhelada, la bandera de Estados Unidos


La tercera fotografía es distinta, aunque no sé bien por qué. Quizás es porque pareciera remitir a una situación menos conflictiva que las dos anteriores; de hecho, podría uno imaginarse un par de escenas tranquilas en este mismo escenario: no sé, algo así como algunos campistas vestidos con chaquetas de colores vivos, o algún fotógrafo solitario cazando imágenes de águilas calvas o, por qué no, una familia aventurera (madre, padre, niño y niña) corriendo con su perro detrás. Sin embargo, por todo lo anterior, esta última imagen es la más cruda de las tres y, quizás, una de las más impactantes de toda la película del español nacionalizado mexicano. Si la ven, ya sabrán a qué me refiero.



El asunto es que la película de Quemada es una película de frontera. No cuenta nada nuevo sobre el asunto pero, como ya dije, lo hace muy bien. Y, como ya dije, lo que me interesa es lo que la película representa.

Le he preguntado a un par de personas por la palabra clave que se les viene a la cabeza para describir nuestros tiempos: la mayoría me dijo: “globalización”. Y cuando les pregunté por la palabra clave que se les venía a la cabeza cuando pensaban en globalización, respondieron: conexiones (o algo parecido). El diccionario de la RAE define conexión como: Enlace, atadura, trabazón, concatenación de una cosa con otra. Si aceptamos el aumento de las conexiones como fenómeno típico de nuestros tiempos, habrá que aceptar también el aumento o fortalecimiento de los límites. El aumento en las conexiones implica el aumento de su aparente contrario: las fronteras, las desconexiones que nacen del aumento de los vínculos mismos. Las fronteras siempre han sido espacios de conflictos, espacios de contacto, de lo extraño, la entrada de lo desconocido. Pero además, en sí mismas, son espacios de invención, de poblaciones flotantes y, sobre todo, de combinaciones extrañísimas entre valores tradicionales y lógicas globales. Quizás por ello sirven para todo: sirven para hablar del pasado y del futuro, sirven para pensar en el tiempo, sirven para hablar de vaqueros solitarios del siglo diecinueve o de cruzadas de niños que alucinan en el siglo trece. Sirven también para hablar de asesinatos de mujeres en el siglo veintiuno, pero también para hablar de anacoretas que buscan a Dios sentados en posición de loto en la punta de una pequeña torrecita. Hablar del desierto implica hablar de grandes fábricas como moles blancas que parecieran vivir por sí solas, sin necesidad de que nadie ni de nada las haga funcionar. Hablar de los desiertos es hablar de la luz y del viento, de sonidos que no se sabe de dónde vienen, de árboles con niños ahorcados. Es hablar de inmensas fábricas de electrodomésticos y de camionetas con todas las luces apagadas que cruzan el desierto repletas de centroamericanos amarrados a los sillones para no desnucarse. Es hablar de las botellas de agua que dejan personas solidarias con los inmigrantes. Es hablar del Padre Alejandro Solalinde que ha construido un albergue de paso en medio del desierto para alimentar y dar comida a quienes buscan atravesar la frontera. Hablar de los desiertos de la frontera mexicana es hablar de los minutemen, esos ciudadanos norteamericanos valientes y patriotas que cuidan la frontera armados con rifles de largo, larguísimo, alcance, sin que nadie les pague nada, sólo por amor a la patria. 

Por todo ello es que los desiertos fronterizos, poco a poco, se han venido convirtiendo en toda una mina de oro para contar historias. Todas parecen alucinaciones, todas parecen un poco falsas y un poco verdaderas, como si leyéndolas o viéndolas estuviéramos ante una imagen extraña que vemos con los ojos llenos de arena mientras caminamos en el desierto, una alucinación en la que vemos, convertidos en una sola mueca aterradora, el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo.


Nazario Moreno: “El más loco” y Los Caballeros Templarios
Pronto me iré a vivir a una pequeña ciudad en el estado de Michoacán en México. Como muchos sabrán, desde hace unos años Michoacán ha vivido la consolidación de grupos de autodefensas en contra del poder de los narcotraficantes. Es, además, uno de los lugares clave para escuchar las historias de los coyotes, los especialistas en pasar migrantes por la frontera. Una de las agrupaciones más conocidas de narcos llevaba por nombre Los Caballeros Templarios y estaba comandada por Nazario Moreno González: El más loco. Nazario murió el pasado marzo en el municipio de Tumbiscatío en Michoacán. De él se dice que estaba relacionado con una red de tráfico de órganos, que solía practicar asesinatos rituales que incluían el consumo de corazones humanos y que la mayoría de sus víctimas fueron niños. Pero además de eso, antes de morir Nazario dejó un libro con su autobiografía. Sólo con el título basta para imaginarse el contenido: “Me dicen: El Más Loco. Diario de un idealista”. En ella declara su admiración e identificación con los poderes de Kalimán para comunicarse con los animales. Dice Nazario:

nunca fui a una escuela, crecí prácticamente salvaje y aprendí a leer y a escribir cuando tenía más de diez años y fue por pura curiosidad al leer a Kalimán que decía que lo más poderoso es la “paciencia y la mente humana”. Ahora de grande siento tener algo extraño en mí mismo que me hace comprender algunas cosas en los animales. En ciertas ocasiones me adelanto a lo que van a hacer, o mejor dicho, de antemano sé qué es lo que van a hacer en los siguientes segundos. No me explico ese fenómenos, pero así es...

En su libro, Nazario Dice que se trata de una especie de diario personal que escribía “en las noches de soledad en la serranía”. Dice además que desde pequeño le gustaba la violencia, que le fascinaba jugar a “las guerritas” y que desde aquellas batallas infantiles ya fingía su muerte para renacer y acabar a balazos con sus contrincantes. La distribución del libro está prohibida por el ejército mexicano. Sin embargo, de vez en cuando, aparecen cajas abandonas con decenas de ejemplares en parques o estaciones de transporte público para que sean tomados por quien quiera:

Juan N, conductor de un vehículo del servicio de transporte público de Zihuatanejo, indicó que al finalizar el día se dio cuenta que había una caja olvidada en uno de los asientos. La caja estaba abierta y cuando la revisó, encontró decenas de ejemplares de “Me dicen: “el más loco. Juan ya sabía algo del libro y como no se quiso meter en líos, los dejó en la calle. “Cuando se lo platiqué a mis compañeros choferes, me di cuenta que a varios les habían dejado cajas de libros en sus vehículos. Creemos que los dejaron ahí para que la gente los agarrara

La historia de un narcotraficante que aprendió a leer con las historietas de Kalimán, que creyó comunicarse con los animales (sobre todo con los burros) y que escribió un libro prohibido por el Estado pero que se ha convertido en comidilla cotidiana de los habitantes de Michoacán y de Guerrero, me ha hecho pensar, junto con uno de los personajes más interesantes de la película de Quemada, en el papel de las palabras en medio de los desiertos.

Asesinos escritores, violencia y escritura, sangre y letras, las palabras en el desierto. La siguiente entrada estará dedicada particularmente a El más loco, al famoso y al parecer falso (pero eso qué importa) “terrorista” brasilero Marcola y al indígena guatemalteco de la película de Quemada.

sábado, 5 de abril de 2014

Lamentos de un lector conservador sobre "La parte inventada", de Rodrigo Fresán

A mí Fresán me cae bien. No lo conozco pero me cae bien. Lo veo hablar de Onetti y me parece sincero, honesto y divertido: lleva puesto un pantalón de dril negro, un saco de hilo color café claro, una camiseta roja, un abrigo (parece de paño) color negro y unos tenis de cordones rojos. Lo veo hablando de Bolaño y me parece sensato y amigable: aquí sólo se ve del pecho hacia arriba, una camiseta blanca de cuello ya anchado, un saco de hilo gris claro y, de nuevo, un gabán. Además, al fondo, tiene un jardín bastante frondoso y, ya se sabe, tengo debilidad por las plantas, así que sí, se ve bien. Pero luego lo veo en Casa de América leyendo un texto titulado "Adivinen qué traje de regalo". Aquí su vestimenta es distinta: un buzo color blanco de cuello tortuga, un pantalón negro de dril, zapatos de cuero brillantes y un gabán negro de paño que cae casi hasta sus rodillas. No tengo nada en contra de los buzos con cuello tortuga (de hecho, lo pienso ahora, el nombre es realmente bonito), tampoco en contra de los gabanes largos de color negro. Pero no sé, ahí Fresán ya no se ve tan bien, se ve menos humilde. De hecho, basta escucharlo leer para darse cuenta que su texto también lo es, es menos humilde, más doctrinario, más orgulloso, más regañón, eso, más regañón. Y si no, que lo diga el titular de la entrevista dada en Público.es a propósito de "La parte inventada": "Nunca se leyó y se escribió tanta mierda como ahora". Pero igual, Fresán me cae bien.

Lo que no me cayó bien fue su última novela, "La parte inventada" (Random House, 2014) que se parece tanto al texto que leía en el 2011 en Casa de América. No sé bien cómo arrancar y tampoco quiero arruinar la lectura de quien se anime a acercarse a sus 566 páginas. Lo que puedo decir es que ninguna de las sinopsis del libro, que fueron las que me motivaron a comprarlo, habla del estilo, de la forma que, según ha dicho Fresán, es la peor víctima de muchos escritores contemporáneos que "cuentan pero no escriben". La idea que según Fresán lo llevó a escribir la novela es buenísima: las relaciones entre ficción y realidad en la cabeza de un escritor venido a menos que quiere escribir sobre su vida y sobre la labor de la escritura. El resultado es un libro que, como dice casi al final, "piense como un escritor en el acto de ponerse a pensar un libro, en lo que piensa cuando se le ocurre un libro, cuando ese libro le ocurre, y qué ocurre con ese libro". Se trata, sin duda, de una apuesta arriesgadísima y muy a tono con el llamado actual a una literatura no lineal, que cruce voces distintas y hasta contradictorias, relativa (en el sentido en que no quiere acercarse a la verdad), juguetona, etcétera. El libro cumple con su cometido: pies de páginas integrados al texto, cambios en el tipo de letra, frases tachadas y corregidas a continuación, saltos en el tiempo, fragmentos, opiniones más que acciones, y luego opiniones, y luego menos acciones, y luego opiniones y más opiniones. Vila-Matas decía una vez que un escritor es un señor solo, sentado en su escritorio comentando el mundo y, claro, apartado en lugar de estar ahí. Insisto: con creces Fresán ha cumplido su cometido.

Pero es que lo que no logro tragarme, el sapo que me cuesta tanto pasarme, es justamente el cometido. En la mesa de la sala de mi casa tengo los libros que estoy leyendo. El más abultado es "La broma infinita" del difunto David Foster Wallace. 1208 páginas, de las cuales 100 corresponden, no a asesinatos de mujeres en la fronteras México-Estados Unidos, sino  a "Notas y erratas". Voy por la mitad y debo confesar que me ha costado trabajo. La semana pasada compré a Pynchon, "El arcoiris de gravedad", 1152 páginas. También estará en la mesa de la sala pero por ahora está en la sección de pendientes. Según he leído, además de ser para varios críticos la mejor novela norteamericana del siglo veinte, es una novela (¿?) en la que cada página puede hablar de un tema distinto y en la que las digresiones del narrador rodean y enhebran la historia. "La broma infinita" me ha costado y me ha gustado. "Tu rostro mañana", la trilogía de Javier Marías, también con pocas acciones, muchos datos y muchas digresiones, no me costó y me gustó. Pero "La parte inventada" me costó y no me gustó. La pregunta es por qué. No lo sé bien, pero creo puedo aventurar dos respuestas posibles.

Un lector conservador: Me aterra que las historias desaparezcan. Me aterra que el interminable flujo de datos, de vínculos, de hipervínculos, de información, termine dificultando cada vez más la necesidad y el placer de contar y de leer historias y, con ellas, acciones y personajes a los que nos vamos acercando lentamente a través de cada página, acciones y misterios que se van tejiendo despacio para, en el caso de los mejores, dejarnos con un inmenso interrogante en la cabeza. Hay maneras y maneras de contar las historias. No tiene por qué hacerse de manera lineal, tampoco desde una única voz (aunque no creo que estas fórmulas deban ser condenadas de aquí en adelante), pero, por favor, que no desaparezcan, ¿si? No quiere decir ésto que Pynchon, Wallace o Fresán no cuenten historias. ¡Por supuesto que lo hacen! ¡De hecho cuentas muchas historias! Se trata, simplemente, de que las innovaciones estilísticas no las terminen ahogando. ¡No a las novelas del siglo diecinueve!, está bien. También está bien: ¡No a los artificios estilísticos del siglo veintiuno!

En contra de la perorata: "La parte inventada" está cruzada por un reclamo que deviene en sermón dicho de decenas de maneras (y no exagero con el "decenas"): los libros digitales, el facebook, el twitter, las tabletas, etcétera, etcétera. De muchísimas maneras, en muchas páginas, con múltiples ejemplos, Fresán se dedica a sermonearnos una y otra vez acerca de la estupidez de los "lectores de ahora". Al comienzo de la novela lo dice, en medio de un largo paréntesis: "De ser posible evitar este tipo de párrafos de aquí en más porque, dicen, espanta a muchos de los lectores de hoy. A los lectores electrocutados de ahora, acostumbrados a leer rápido y a leer breve en pantallas pequeñas. Y, sí, adiós a todos ellos, al menos por el tiempo que dura y dure este libro. desenchufarse de fuentes externas para sólo alimentarse de electricidad interna. Y esa es -warning!, warning!-, al menos en principio y en el principio, la idea aquí, la idea aquí en más, están advertidos". Luego lo vuelve a decir y luego lo dice otra vez (¡de hecho, llega a hacerlo con frases repetidas!). Pero, y aquí lo más curioso, la novela (¿es ésto una novela?) de Fresán ingresa y navega justamente en este nuevo llamado al que también han acudido los lectores a los que tanto regaña: una novela de vínculos, de hipervínculos, de fragmentos, de datos eruditos, de información ¿Qué sentirá Fresán al saber que la mayoría de quienes dicen, en internet por supuesto, que leerán el libro, aclaran que lo harán en la versión e-book? Simplemente, creo que los juegos y artilugios utilizados por Fresán y por otros en la literatura, pueden ser entendidos como parte del mismo conjunto de herramientas que utilizan muchos de los lectores de twitter y facebook.

En fin. Sé que estoy pecando de conservador. De hecho, lo más seguro es que no esté entendiendo nada. Lo extraño es que me siento ahora como el escritor venido a menos de la novela de Fresán.

Pdta 1: Este sí que es un reclamo. El escritor-venido-a-menos de la novela tiene un contendiente, un escritor que ha sabido acomodarse al mercado y decirle a cada lector lo que quiere escuchar, hacerle sentir que es más inteligente de lo que es. El nombre de este escritor, o la manera como lo ha llamado el escritor viejo y melancólico, es IKEA en referencia a la marca de muebles. Hasta casi la mitad de la novela hemos oído las opiniones del escritor sobre IKEA. En la página 524 IKEA aparece, y habla. Pero lo que dice no es más que la reproducción de las opiniones que sobre él ha tenido el narrador: lo pone a hablar, pero lo que hace en realidad es poner a hablar al narrador a través del escritor. Así no vale. Eso sí que es trampa.

Pdta 2: En internet hay muchas reseñas favorables a la novela.